¿Y si el gran tema del MWC 2017 es la cuarta revolución industrial?

Tras una serie de presentaciones de las grandes marcas el domingo, una duda parece flotar durante la primera jornada del Mobile World Congress

Con el MWC recién inaugurado, los pasillos rebosaban de gente corriendo de forma frenética de un sitio a otro. Como si el mundo se fuese a terminar mañana. Muchos de los stands si se saca la lupa se comprueba que son tan espectaculares como predecibles. Abundan en ellos tecnologías que poco después de ser presentadas dieron claros signos de debilidad. Como es el caso de la realidad virtual, que sigue presente en este MWC pero nadie sabe muy bien qué papel puede desempeñar en nuestra cotidianidad.

Una de las pocas tecnologías que de verdad abren una puerta al cambio en este MWC son las redes 5G, cuyo desarrollo parece avanzar respecto a lo visto hace un año. Aunque no podemos ver cercano su despliegue masivo. Estas redes ofrecen mucho más que una conexión con mayor rapidez y latencia. Lo importante no es que el 5G permita descargar rápidamente series televisivas en plena calle o hacer una videollamada en un tren de alta velocidad.


Su verdadera importancia está en que esta nueva infraestructura de redes cambiará el actual modelo productivo, junto con el aprendizaje inteligente de las máquinas. Algo que como es evidente tiene un profundo calado económico y político. Las redes 5G permitirán controlar de forma remota factorías de producción sin apenas obreros, que por las calles circulen coches y autobuses sin conductores o que se multiplique el número de sensores para controlar desde el riego agrícola hasta el alumbrado público.

El aprendizaje inteligente de las máquinas, del que parece que se hablará mucho en este MWC, es también un tema crucial en este salto. Aunque son pocos son los que tienen la materia prima de la que se nutre esta forma de inteligencia artificial: grandes cantidades de datos a las que sólo tienen acceso un puñado de empresas y algún que otro gobierno, como el de China. Ambas cosas marcarán un futuro que todavía estamos a tiempo de que sea positivo, y no sólo algo que beneficie a unos pocos y empobrezca a muchos.

El teléfono inteligente es un elemento clave en nuestra vida 10 años después de que se presentase el primer iPhone. Pero el sector prácticamente está en el mismo estado en el que se encontraba el PC antes de que apareciera el primer iMac: desorientado. De hecho, resulta sorprendente que en este último año se haya tirado la toalla en cosas como intentar concebir teléfonos modulares. Una tecnología que antes o después es probable que sea retomada en serio, con un enfoque diferente al del malogrado proyecto Ara de Google.

Poco o nada se habla en encuentros como este MWC sobre si el sector tecnológico debería estar colaborando en un tema crucial: universalizar el debate sobre la renta básica universal. Sin el desarrollo de ese instrumento las tecnologías con más futuro de esta feria se tornan inquietantes, pues pueden provocar despidos masivos y generar un profundo malestar social. Algo que debe ser contrarrestado y la industria tecnológica no puede mirar hacia otro lado.

El domingo previo a la inauguración del MWC, dejó en el ambiente un cierto cansancio. Este se reflejaba en los rostros de los periodistas que no pudieron entrar en la presentación del Huawei P10. Ese fallo de organización por parte de la empresa china pareció provocar malos augurios. De hecho, mientras nos desplazamos por la ciudad buscando los lugares habilitados por algunas grandes marcas del sector para sus presentaciones, las impresiones no mejoraron demasiado.

Veníamos de ver un LG G6 que tiene cierto interés, pero que desde luego está muy lejos de ser un producto que arriesgue demasiado. El cambio en las proporciones de la pantalla es un truco ingenioso, pero veremos cómo es recibido cuando salga a la venta. Samsung por la tarde se limitó a presentar tabletas que tenían buena pinta sobre el papel, pero con un precio que parecía pensado para convertirlas en un producto algo exótico. Sobre todo si tenemos en cuenta que quiere operar en un terreno muy marcado por Apple, con el iPad Pro, y por Microsoft, con su gama Surface.

La empresa surcoreana parece que sólo quería dar un mensaje claro en Barcelona: nos vemos el 29 de marzo en Nueva York. Allí será desvelado el Galaxy S8. Por su parte la gran novedad de la nueva Nokia fue dar a entender que su táctica de momento será vender barato. La Motorola de Lenovo venía a contar lo mismo. Sin intentar ni unos ni otros introducir algo de innovación en esa etérea categoría que es la denominada gama media. Los tres smartphones de Nokia, ya desligada de Microsoft, son atractivos; en cierta forma prácticos, como demuestra que cuenten con una versión pura de Android 7. Pero también son soporíferos.


Si nos atenemos a lo que nos pudieron contar los compañeros que lograron entrar en el evento de Huawei, el P10 tampoco rompe moldes. Más potencia, más prestaciones. Poca creatividad. Un aplauso aburrido para el terminal chino. Que el protagonismo ayer se lo llevase la renovación del viejo Nokia 3310, nos da una pista clara: la industria de los dispositivos móviles demuestra necesitar urgentemente fuertes dosis de imaginación. El nuevo 3310 es un aparato simpático, pero prácticamente idéntico a muchos otros productos pensados para los que no quieren o no pueden llevar internet en el bolsillo. Por cierto, se siente mucho más frágil que el casi indestructible 3310 original. Así que si buscan resistencia, mejor busquen en eBay.