No suelo escribir newsletters para hablar de “tendencias” como si fueran algo que hay que copiar.
Pero hoy quiero hablar de una tendencia estética, porque creo que en 2026 vamos a vivir una gran ruptura que va a afectar de lleno a tu branding, a tu contenido, a tu producto y, sobre todo, a la forma en la que te comunicas como marca de moda. Y no, no hablo de colores ni de siluetas. Hablo de algo más profundo.
Empiezo por el beauty porque es, quizá, el ejemplo más evidente. Durante años hemos perseguido la perfección: piel impecable, pelo pulido, estética limpia, ordenada, aparentemente natural… pero profundamente construida. El clean look ha dominado el imaginario visual del beauty, la moda y el branding.
Todo parecía fácil, pero nada lo era.
Y ahora, algo se rompe. Estamos cansados del control, cansados de parecer
siempre impecables. Aparece con fuerza la messy girl: el pelo
despeinado, el maquillaje corrido, los ojos cansados, lo imperfecto, lo real.
No como descuido, sino como respuesta cultural.
A mí, personalmente, esta estética me interpela mucho más. Con mi pelo rizado e
indomable, nunca me he sentido cómoda en el universo ultra pulido de la clean
girl. La messy girl no pretende gustar a todo el mundo. Simplemente es como es.
Y eso, hoy, es casi un acto político.
Además, estamos viendo una oleada de críticas hacia actrices que se han
sometido a retoques que ya no les permiten transmitir emociones a través de sus
expresiones faciales. No pueden mover la cara. Y eso dice mucho. Es un
indicador claro de que la belleza que viene en 2026 será más natural y más
personal: una nariz con carácter, una cara más real, rasgos que cuentan algo.
Ya lo vemos en campañas de Phoebe Philo o de Loewe.
Esta ruptura no surge de la nada. Llega en un momento en el que los contenidos
generados por inteligencia artificial son cada vez más perfectos, más
correctos, más “bonitos”. Y cuanto más perfecta se vuelve la máquina, más
valor adquiere lo humano. Lo torcido. Lo no editado. Lo natural.
En este contexto, incluso el nuevo Pantone Cloud Dancer nos da una pista
interesante. No se presenta como protagonista absoluto, sino como base neutra
que hace resaltar paletas mucho más coloridas. Para mí, este blanco habla de
una necesidad de desconexión y de paz mental frente al caos digital, pero al
mismo tiempo abre la puerta a colores más vivos y personales. Porque
también nos cansa tanta pulcritud, y creo que en el branding
volverá el color como gesto espontáneo y emocional.
En moda ya lo estamos viendo. Campañas que abandonan la pulcritud extrema para
abrazar escenas más íntimas, más reales, aparentemente menos
producidas. Incluso marcas como Balenciaga siguen apostando
por imágenes que parecen casi espontáneas: una modelo tumbada en la cama, el
pelo despeinado, el producto presente sin imponerse. El lujo deja de ser
distante. Se vuelve más realista.
Ahora bien, y esto es importante: no creo que las marcas tengan que volverse
“messy”. No va de despeinarlo todo ni de ensuciar la estética. Va de dejar
de sobreconstruirse. De soltar el control excesivo. De preguntarse qué
parte de la marca es auténtica y cuál es solo pose. Qué es esencia y qué es
miedo a no encajar.
Mi predicción para 2026 es clara: volvemos al realismo. Volver al
realismo no significa renunciar al deseo, sino apostar por una estética
más effortless: más humana, más honesta, pero no menos estudiada ni
estratégica. Lo real no significa descuidado ni improvisado, significa alineado
con la esencia de una marca. Por eso convive con una dirección de arte
cada vez más extrema. Lo que sí desaparece es la estética correcta, neutra, sin
una decisión clara detrás.
Aquí encaja también el llamado frugal chic, una evolución del lujo silencioso que no habla de ostentación, sino de contención consciente: prendas minimalistas, siluetas largas, piezas que funcionan en el tiempo, que se compran para durar. No como tendencia estética superficial, sino como síntoma de un consumo más racional y más realista, incluso en un contexto donde la economía empieza a respirar un poco mejor.
La nueva tendencia de consumo no es dejar de consumir, sino elegir
muy bien en qué se gasta. Más que tendencias fugaces, las personas buscarán
piezas que duren y objetos que amplifiquen su personalidad. Por
eso vemos a marcas como Zara elevar su posicionamiento: cuidando más la
experiencia, apostando por tiendas con aire boutique y mejorando la calidad de
los materiales.
Y aquí te dejo la pregunta, más que una conclusión: en este nuevo
escenario, ¿tu marca está construyendo una imagen que se siente
verdadera o simplemente correcta? ¿Estás comunicando desde la esencia
o desde el miedo a no encajar?
Porque quizá 2026 no va de hacerlo todo más bonito.
Va de hacerlo más honesto y real.
¿Cómo aplicar esta vuelta al realismo en
tu marca?
Branding
→ Menos copiar códigos. Más encontrar los tuyos propios. Códigos
alineados con tu personalidad, no con lo que toca.
Contenido
→ Menos storytelling vacío. Más mostrar lo que haces y para quien.
Producto
→ Menos piezas de tendencia. Más prendas que representen tu esencia y
tengan sentido en el tiempo.
Comunicación
→ Menos frases para encajar. Más opinión propia. Más punto de vista.
Al final, esta no es una newsletter sobre tendencias. Es una invitación a
revisar desde dónde estás construyendo tu marca. Porque en 2026 no
van a destacar las marcas que intenten hacerlo todo bien, sino las que tengan
una postura clara: que sepan quiénes son, qué hacen y por qué
existen, y que sepan crear un universo aspiracional sin filtros ni artificios
innecesarios.
En este sentido, el realismo no es una estética, es una forma de
posicionarse. Es usar el branding, el contenido, el producto y la
comunicación para reforzar tu identidad, no para disimularla. Para dejar claro
quién eres, qué te diferencia y por qué alguien debería conectar contigo. Y
hoy, eso vale más que verse simplemente correcto.
Te deseo un buen inicio de año.

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